domingo, 10 de mayo de 2015

Necesitamos artistas domesticados

En este momento escribiré unas líneas motivada por un asunto encantador: la forma, tan sigilosa, tan compleja y tan sencilla a la vez. Hoy no descubrí, sino que recordé lo que olvidado estaba (olvidado no es la palabra más acertada, ignorado se acerca más a mi punto), recordé que la forma lo es todo, sí, casi como algo divino.
Desde la pupila de un ser hasta todo lo que es capaz de ver se considera forma, estamos en un mundo lleno de elementos sólidos que individuales poseen forma, y se unen, se complementan, se entrelazan creando más. De hecho, el planeta tierra, lleno de todo lo tangible que conocemos, con sus mares, con sus tierras, con sus bosques: tiene forma circular. Sí, insisto, es como algo divino. Está en todas partes.
Siento temor al limitar este asunto, siento temor al decir que el planeta tiene “forma circular” porque sí es cierto que es más complejo, me refiero a que: el triángulo, el circulo, el cuadrado, el rectángulo... Son formas que sirven para definir cualquier protuberancia, pero nunca estaremos en lo enteramente correcto porque una hoja jamás será solo un triángulo, un edificio jamás será solo un rectángulo, y aún menos el planeta se limitará a ser solo un circulo, no es real.
Dejando claro lo que la forma es, hablemos sobre el arte, porque “no existe arte sin forma, y viceversa” opina A. Otero.
Existió una mujer alguna vez llamada Gertrud L.Goldschmidt, si de esa manera no les suena el nombre, prueben con Gego.
Una Judía nacida en Alemania (desgraciadamente), que escapando paró en la Venezuela más digna que hemos tenido, creo que por ello le tengo aprecio, porque a pesar de todo lo anterior, escogió el arte.
Las obras de Gego se caracterizan por ser, en su mayoría, geométricas. Sentía amor por las líneas, cariño por la acuarela, curiosidad por la escultura, fascinación por el hierro, en fin: ella sentía algo.
Era capaz de crear objetos con formas que se entrelazaban o unían entre sí, creando una mezcla irrepetible, ejerciendo en las personas la necesidad de encontrar con la mirada el núcleo de la obra. Suena maravilloso porque lo es. “...el espectador es capaz de quedar sin aliento por algo que lo fascina, sin alcanzar a comprender por qué.” Escribió A. Otero, un pensamiento completamente acertado. La respuesta a ese porqué es sencilla, casi obvia en lo que llevo de éste ensayo: saber utilizar las formas, entenderlas.
 Cuando se diseña es necesario usar el cerebro, va de la mano con la arquitectura, más cercano al mundo de lo racional, están sostenidos por principios de naturaleza física y cumplen una finalidad. En cambio cuando se basa en principios metafóricos, nace de la inspiración o como algo puramente intuitivo, a eso llamamos arte. Gego supo emplear ambas a la vez.
También hay que tener claro que la originalidad e irrepetibilidad de la forma no es exclusiva del arte, es una ley natural.
No hay objeto en el planeta exactamente igual a otro.
No hay ser humano igual a otro, ni bosque, ni carretera, ni camino. “Quien sea capaz de confundirlos, de creer que se trata simplemente de lo mismo, comete un error de percepción.” Opina Otero.
De allí lo toman los artistas, un tronco diseñado por Gego jamás será igual a uno real, el real será más complejo en comparación. Ella, en cambio, construirá un ejemplar simple, aunque llevará el carácter y el razonamiento metafórico que lo hará único entre mil troncos reales.
Hay que aprender a ver, no mirar, hablo de realmente ver. Es vital que tanto el artista: que debe aprender a ver para conseguir la disponibilidad de captar y recrear una escena. Como para el espectador: que debe aprender a ver para gozar de la obra, conocer la operación que se llevó a cabo para culminar lo que les esté proporcionando placer visual.

Alejando Otero recalca que él (exagerando un poco) fue capaz de contar con los dedos de la mano los artistas que realmente saben observar y percibir.
“La cuestión está en ver con los ojos de un creador y no con los de una persona cualquiera.” Escribió.

 En fin, lo que yo opino es que las formas son objetos domesticados.
“¿Qué significa domesticar? – preguntó el principito.
Es una cosa ya olvidada – dijo el zorro – verás, tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domésticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...”

Gego, al igual que unas cinco personas más que Alejandro contó con sus propios dedos fueron artistas domesticados por la forma.
“Sólo se conocen bien las cosas que se domestican – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas...” Hace unos años atrás leí estos párrafos en El Principito, y no existirá momento más adecuado para ponerlo en práctica que ahora porque necesitamos artistas domesticados